domingo, 13 de julio de 2014

La paradoja de Antonia.


Era el momento de huir.

De arrancar de sus propias circunstancias para internarse en un mundo fantasioso del que era su Dios. Y esos personajes no sabían que sus vidas eran controladas por ella.

Cada día desde las siete de la noche, cuando doña Mariela se iba de su casa y se llevaba a las gemelas y a Enrique, el gato de las niñas, Antonia se instalaba frente a una mesita de noche iluminada apenas por una lámpara en donde abría una página que había quedado señalada desde la noche anterior para que cuando ella llegase se sentara a escribir.

Vivía sola desde que por su cuenta se alejó de todo aquel que llevaba uno de sus dos apellidos. Porque se cansó de ellos. O simplemente no recordaba con certeza el impulso de su decisión.

Doña Mariela era como una amiga, o como una madre si se consideraba la diferencia de edad. Ella le arrendaba la vivienda y sus gemelas querían mucho a Antonia. Como una tía o una hermana. Alababan a Antonia por su habilidad para coser vestidos y sombreros frondosos para Enrique.

Su espalda se estaba adaptando a esas noches de desvelo. No sería raro que desarrollara una escoliosis en su vejez por pasar tanto tiempo escribiendo torcida en la silla.

Poco o nada le importaba si tocaban su puerta por alguna emergencia de barrio. Su casa podría estar ardiendo en llamas pero ella estaba más ocupada manipulando vidas en un papel mientras su mente divagaba por otros mundos menos en el que le acogía.

Sonrió con el lápiz a un lado de la comisura de sus labios.

Había terminado un capítulo más de “Ímpetu”.

La protagonista de su historia había decidido echarse a morir literalmente, porque el hombre que amaba se había ido a protestar a las calles y no había regresado ya en tres meses. Era probable que estuviera muerto, más que muerto.

Para quien lo escribía así era.

Y era la única persona que Francisca tenía en el mundo. La única persona que recordaba su cumpleaños, la que comía primero el postre antes del plato fuerte en la cena, esa persona que con sólo una mirada pedía un beso de ella y con la que caminaba por la playa entrelazando los dedos llenos de arena.

Porque él la había salvado.

De su familia.

De su futuro esposo. El menesteroso llamado Jonás que tenía una sobrina pelirroja insoportable que lloraba cuando Francisca le pegaba. La niñata decía eso. Pero Francisca jamás le tocó ni uno de sus rizos caprichosos. Este hombre que pretendía desposarla era patético. Le temía a las alturas, a los insectos y a los libros escritos en prosa. Era de esos idiotas que creían que lo sabían todo pero que en el fondo no conocían absolutamente nada. De esos que por golpes de suerte o por astucias deshonestas había conseguido ser alguien en la vida.

Un día la dejó desguarnecida en medio de una carretera cerca del desierto cuando le ordenó bajar de su auto porque Francisca discutió fuertemente con él. Porque la había invitado a una cena y le había dicho horas antes por teléfono que tenía algo importante que decirle. “Me va a pedir matrimonio” pensó ella ilusionada y se colocó el vestido que más le parecía que se ajustaba a su felicidad.

Pero Jonás no pensaba en casarse con Francisca.

Lo que él iba a anunciarle con tanta algarabía y prisa era que su sobrina latosa iba a vivir con ellos en un apartamento.

¿Acaso la mocosa no tenía padres?, ¿Ahora quien tenía que cuidar de ella era Francisca?

Porque Jonás no la iba a cuidar. Él era un hombre muy ocupado que ordenaba papeles en la oficina, esa oficina que tenía televisión y una mesa de futbolito. Y por las noches era imposible que la ayudara. Porque tenía que salir con sus amigos de jarana para apostar la mitad de su mediocre sueldo.

Por eso Francisca se enojó y con razón protestó. Pero Jonás pensó que ella estaba loca y era una mala mujer malcriada que no estaba a la altura de esas mujeres de sociedad que jamás refutaban por tener maridos que las confundían con esclavas y que los perdonaban una, dos o tres infidelidades.

Cuando iba por la carretera esperando que algún buen samaritano la ayudase, milagrosamente un hombre frenó su Volkswagen y bajando el vidrio le preguntó si deseaba que la acercara a la ciudad. No se imaginaba que sería él quien la agasajaría inteligentemente y la llevaría a tierras lejanas para empezar juntos una vida nueva apoyando a Allende y enmarcando al Ché en la sala de estar.

Ella era talentosa, en muchas cosas. Pero para sus padres era un estorbo, porque era la única mujer entre cuatro hermanos que no haría trascender el apellido de la familia con la poca gracia que distinguían en ella. Gracia que el vehemente hombre encontraba a montones en esta mujer.

Por eso Antonia se sintió culpable. Por ser el Dios que estaba haciendo que la vida de Francisca se tornara miserable.

Y se le ocurrió algo insólito.
Le pediría disculpas a Francisca.
Y no sabía cómo empezar.
Sin embargo, algo dudosa empezó a escribir.

Francisca, lamento hacerte pasar todo esto. He hecho que vivas cosas que a mí no me deleitaría vivirlas. No me preguntes quién soy porque no vas a entender. Yo tampoco deduzco bien el rumbo de mis actos ahora mismo. Porque no existes. Eres una idea que estaba en mi mente. Perdona.

Y se quedó mirando sus letras por un momento.

¿Cuál era el sentido de hacer eso?

Si Antonia fuese infeliz porque alguien lo estaba maquinando no le agradaría en lo absoluto. Tal vez por eso no podía permitirse ser injusta con Francisca.

Pero esperen.

Antonia era desdichada. Llevaba una vida solitaria y sin emociones fuertes.

¿Alguien escribía la historia de Antonia y ella no lo sabía?

Tal vez alguien sí lo hacía. Por eso tenía que acudir a misa los domingos para que su escritor tuviera piedad de ella.

¿O es que posiblemente el hecho de ir a la iglesia también era producto de un acto inventado por su autor?

Se sintió confundida. Se aturdió completamente y empezó a hablar sola. Paranoica, nerviosa y desesperada. Y empezó a pedirle al escritor de la historia de su vida que se compadeciera de ella. Y de paso de Francisca también.

Esa Francisca que era el reflejo de algunos momentos de su vida.

Si es que acaso no eran los mismos.

¿Ella era Francisca?

¿Por qué se construyó a sí misma una historia tan desdichada?



La Reina de New York

 La Reina de New York.


Sujeté mi cabello en un moño y vestí con ropa elegante y de marca. 

Si mi madre me hubiese visto no lo hubiese creído y apostaba a que mi hermano no podía reconocerme fácilmente. En los pasillos y corredores no había nadie. Todo el mundo se había volcado desde pronto al dichoso evento en el Beacon Theater. No me sorprendía en absoluto.

Cuando llegué estaba a unas pocas cuadras del teatro. Creo que el chofer del taxi no me comprendió bien el lugar en el que quería que me dejara. Apenas di unos cuantos pasos y unas gotas caían sobre mi glamorosa ropa. No iba a permitirme llegar como perro mojado así que corrí a una tienda de esa avenida y entré.

Para mi buena suerte había un par de paraguas en venta.

Tomé el que lucía más sofisticado, un amplio paraguas color negro que incitaba a que cualquier chica quiera acompañarme bajo la lluvia.

Salí de aquel negocio y protegía mi cabeza con mi nueva adquisición. Miré el reloj y aún estaba a tiempo de dar un paseo antes de entrar al showcase en el teatro. El paisaje a mi alrededor resultaba inspirador ese momento y me detuve a observar en una esquina.

La lluvia empapaba los autos y las calles. Los edificios brillaban en todo su esplendor y la gente desfilaba con sus largos abrigos. Recordaba ese famoso musical de 1952, “cantando bajo la lluvia”, y empecé a tararear la canción en voz baja.

De pronto todo transcurría más lento de lo normal. Giré mi cabeza y desde el otro lado de la calle una hermosa chica caminaba apresurada cubriéndose con una cartera para no mojarse el cabello. Llevaba un vestido beige que le llegaba hasta las rodillas, con tacones no muy altos y lograba ver sus hombros a pesar de que el vestido tenía mangas. Sus piernas eran largas y su piel completamente blanca y reluciente. Su cabello era castaño y colgaba hasta su cintura. Sus cejas y sus largas pestañas enmarcaban unos hermosos ojos verdes grandes y profundos. Sus labios lucían carnosos y rosados combinando perfectamente con el lunar de su pómulo.

Y para notar tantos detalles de ella tenía que verla desde muy cerca... y lo estaba. Me había quedado tan fulminado con esta chica que me perdí de reconocer el momento en que había llegado a mi lado a cubrirse de la lluvia.

No me decía nada.

Sólo acomodaba su ropa y secaba su cartera con un pañuelo. De tanto mirarla hasta descubrí un tatuaje en su clavícula derecha que decía “All you need is love”, como la canción de los Beatles. Suspiré y definitivamente me pregunté... ¿todo lo que necesito es amor?

-Te estoy hablando... –la voz de la chica me hizo despertar de mi nube de pensamientos.
-¿Eh? –contesté nervioso.
-Vas a caminar o no.
-Yo...
-¿Hacia dónde vas?
-Yo...
-¿No vas a contestar?, ¿Hablas inglés? –parecía apresurada.
-Sí hablo inglés y... voy al Beacon Theatre –contesté aferrándome al paraguas por lo nervioso que estaba.

Esta chica resultaba demandante y engreída.

-Yo también voy allá, vamos... –enganchó su brazo al mío pero no di ni un solo paso.
-¿Sucede algo? –preguntó algo molesta.

Y no iba a deshacerme de ella así de fácil.

¿Cuándo he tenido tanta suerte como para encontrarme con una chica así en mi vida?, ni siendo idiota para protegerla de la lluvia y no obtener nada a cambio.

-¿Quieres ir por un café antes?
-No –contestó de inmediato.
-Si vas al mismo showcase que yo pues... todavía queda tiempo. Y veo que estás un poco empapada así que podrías enfermarte y no queremos eso, ¿verdad?
-Ok –rodó los ojos- pero que sea rápido.

Ya en una acogedora cafetería pedí dos americanos bien cargados con malvaviscos y espuma. Los había visto en tantas películas que no me podía contener más por probarlo.

Mientras tanto ella veía a todos lados con los brazos cruzados.

-¿Tú también asistes a la escuela de artes? –rompí el silencio.
-Sí, pero no vayas a saludarme si nos vemos ahí. Porque acepté un café de tu parte no quiere decir que seamos amigos.
-Bien...
-Su café americano señor –el mesero colocó mi orden sobre la mesa.
-Gracias -con una cuchara removí un poco mi café y lo probé - ¡Ptuuuajjjj!, esta porquería está amarga –limpié mi lengua con una servilleta- le falta azúcar.
-Agradecería que dejes de avergonzarme. Este café es así y si no te gusta pues pide chocolate.
-Lo siento... ¿Cuál es tu nombre?
-¿No nos vamos ya?
-Como quieras... –esta chica era todo un caso. A pesar de ser físicamente perfecta ya estaba envenenado con su personalidad.

Ahora el plan era deshacerme de ella.

Empecé a caminar algo rápido para llegar lo más pronto posible al teatro. No soy juguete de nadie y mucho menos lacayo de una chica caprichosa.

-¿Podrías ir más despacio?, estoy en tacones.
-Pero yo no...
-Si te los pusieras supieras que no es nada fácil caminar con ellos.
-¿Sabes qué?, ten mi paraguas. Te lo regalo. Espero que llegues a tiempo –le entregué el paraguas y metí mis manos en los bolsillos decidido a caminar solo.

Di media vuelta y emprendí mi rumbo al teatro en medio de la lluvia que afortunadamente había cesado un poco.

Posiblemente fue descortés de mi parte abandonarla ahí, pero realmente no aguanto a ese tipo de chicas egocentristas que se alimentan de la bondad de todo el mundo.

Paré en la esquina porque el semáforo se había puesto en rojo. Las gotas de lluvia pararon de caer en mi cabeza.

-Te pareces mucho a alguien –esa voz había llegado a mi lado nuevamente y enganchó su brazo al mío al cruzar la calle.
-¿No me vas a decir tu nombre?

En respuesta obtuve silencio.

Caminábamos sin decir una sola palabra y hasta empecé a disfrutar de su compañía. La gente nos miraba como si fuésemos la pareja perfecta. Cada vez que la miraba de reojo notaba la serenidad y seguridad en su rostro. El viento lograba que su cabello se mueva con gracia y que su perfume llegue a mí de manera envolvente. Sentí su presencia a mi lado caminando al compás de mis pasos. Al cruzar la calle me parecía como si mi cuerpo estuviese moviéndose por inercia mientras mi sentido vagabundeaba por otro lado.

-Llegamos –levanté mi mirada y me encontré con el letrero del teatro. Cuando volví a mirarla esta vez jugaba con sus dedos y movía su pie haciendo sonar el tacón contra el piso.
-¿Nerviosa?
-Tengo mis motivos para estarlo, no se lo digas a nadie –miraba a nuestro alrededor.

Era bonita. 

Muy bonita. 

Al verla así reaccioné de la única manera que se ocurrió. No pensé mucho hasta efectuar mi acción.

En un movimiento aparentemente mecanizado sólo estiré mis brazos para abrazarla.

-¿Qué haces? –me preguntaba ella inmóvil bajo mi agarre.
-¿Podrías sólo quedarte así por un momento?, nadie nos está viendo –aspiré el olor de su cabello. Era como miel y flores. –de todas formas lo más probable es que no vuelva a cruzarme en tu camino. Sólo... sólo te reconforto un poco.

La solté y tras una leve sonrisa de despedida entré al teatro. Ella fue hacia otra dirección lo que me hizo pensar en que posiblemente salía a escena ese día. Cuando entré al teatro estaba algo vacío y el panorama era impresionante.

Al llenarse las taquillas noté la relevancia que tendría este showcase.

Las luces se volvieron tenues, clara señal de que la cuestión iba a empezar.


Se abrió el telón y ahí estaba la chica que parecía una reina. Y acorde a mi presentimiento era la misma chica a la que abracé hace momentos atrás. 

Era ella y una sonrisa se dibujó en mi rostro. 

Mis ojos brillaban con total interés. 

Era ella... la reina de New York.

Osado e Insolente

Osado e Insolente


Se atrevieron a invitarla a por un café,
en uno de esos sitios que huelen a madera y canela
a pasar el rato mientras atardecía,
mientras las nubes se tornaban naranjas en el ocaso.

Le habían dicho que era bella,
sosteniendo una de sus huesudas manos congeladas.
Pero ella no lo creía,
lo tomó como una ofensa, como una afrenta, un  insulto.

Le habían dicho una mentira en la cara,
Un higo de un olmo.
¿Bonita?, ¿Ella?
Si llevaba siempre el cabello alborotado.
No le quedaban esos vestidos ceñidos al torso.
Nadie envidiaba su forma de hablar.
Tal vez su manera de pensar...
Pero eso no adecuaba.

Pretendió no haber atendido nada de lo que el tipo dijo.
¿Realmente era más especial que las demás?
¡Bah!, Totalmente una broma de mal gusto.
Una mosca nadando en la leche.
Asqueroso.
Irritante.

Los hombres siempre redundan sus arengas
y esa era la veinteava vez que escuchaba similares palabras.
Linda, única, preciosa y no quería recordar más porque se le revolvía el estómago.
Empezaba a enfadarse.

Porque si dependiese de ella, iría por el mundo con atuendos antiguos.
A  lugares tranquilos.
A leer un buen libro.
¿Acaso no sabían cómo dejarla en paz?

¡Jódase buen hombre!, le dijo
Agarró su bolso tejido.
Se puso su abrigo.
Y lo dejó con su café hervido.

Reacción tardía

Reacción tardía


Iba a hablarte sobre mis muñecas y riñas de la escuela
pero te veías tan ensimismado en el juego de las barajas
que mejor prefería admirarte desde el otro lado de la mesita.

Con los codos sosteniendo mis manos
con mis manos que sostenían mi cara
con mi cara ahumada por el cigarrillo.

Un as de corazones y una K de diamantes
pasaba una hora o tal vez dos
tu vestir elegante, tu silueta y tus cabellos de algodón.
¿Cómo iba a cansarme de admirarlos?

El tiempo te había hecho fuerte y las experiencias más sabio.
Yo había recorrido mi camino siete años
y tu camino no soportaría muchos pasos más.
Por eso ya no andabas a menudo
y ya no ibas a la misa del domingo.

Sólo juntabas las palmas con un sanjuanito.
Sólo escuchabas el pasillo.
Tus dedos agrietados ya no rasgaban la guitarra,
por eso la música sonaba desde el tocadiscos,
esa música que ahora conmemora tu ausencia.

Esa ausencia que no penaba cuando partiste después de confundirme con una loca
dolió cuando mi camino se puso empinado.
Y seguramente fue egoísta no llorarte cuando todos lo hacían.

Pero siempre fui extraña,
mis sentimientos y yo jamás llegamos a entendernos,
por eso han llegado de pasada para devolverme tu recuerdo.

Cuando saben que ya sobre la vida algo entiendo.
Cuando saben que estas letras ya son algo obsoleto.