La Reina de New York.
Sujeté mi cabello en un moño y vestí con ropa elegante y de marca.
Si mi madre me hubiese visto no lo hubiese creído y apostaba a que mi hermano no podía reconocerme fácilmente.
En los pasillos y corredores no había nadie. Todo el mundo se había volcado
desde pronto al dichoso evento en el Beacon Theater. No me sorprendía en
absoluto.
Cuando
llegué estaba a unas pocas cuadras del teatro. Creo que el chofer del taxi no
me comprendió bien el lugar en el que quería que me dejara. Apenas di unos
cuantos pasos y unas gotas caían sobre mi glamorosa ropa. No iba a permitirme
llegar como perro mojado así que corrí a una tienda de esa avenida y entré.
Para
mi buena suerte había un par de paraguas en venta.
Tomé
el que lucía más sofisticado, un amplio paraguas color negro que incitaba a que
cualquier chica quiera acompañarme bajo la lluvia.
Salí
de aquel negocio y protegía mi cabeza con mi nueva adquisición. Miré el reloj y
aún estaba a tiempo de dar un paseo antes de entrar al showcase en el teatro. El paisaje a
mi alrededor resultaba inspirador ese momento y me detuve a observar en una
esquina.
La
lluvia empapaba los autos y las calles. Los edificios brillaban en todo su
esplendor y la gente desfilaba con sus largos abrigos. Recordaba ese famoso
musical de 1952, “cantando bajo la lluvia”, y empecé a tararear la canción en
voz baja.
De
pronto todo transcurría más lento de lo normal. Giré mi cabeza y desde el otro
lado de la calle una hermosa chica caminaba apresurada cubriéndose con una
cartera para no mojarse el cabello. Llevaba un vestido beige que le llegaba
hasta las rodillas, con tacones no muy altos y lograba ver sus hombros a pesar
de que el vestido tenía mangas. Sus piernas eran largas y su piel completamente
blanca y reluciente. Su cabello era castaño y colgaba hasta su cintura. Sus
cejas y sus largas pestañas enmarcaban unos hermosos ojos verdes grandes y
profundos. Sus labios lucían carnosos y rosados combinando perfectamente con el
lunar de su pómulo.
Y
para notar tantos detalles de ella tenía que verla desde muy cerca... y lo
estaba. Me había quedado tan fulminado con esta chica que me perdí de reconocer
el momento en que había llegado a mi lado a cubrirse de la lluvia.
No
me decía nada.
Sólo
acomodaba su ropa y secaba su cartera con un pañuelo. De tanto mirarla hasta descubrí
un tatuaje en su clavícula derecha que decía “All you need is love”, como la
canción de los Beatles. Suspiré y definitivamente me pregunté... ¿todo lo que
necesito es amor?
-Te
estoy hablando... –la voz de la chica me hizo despertar de mi nube de pensamientos.
-¿Eh?
–contesté nervioso.
-Vas
a caminar o no.
-Yo...
-¿Hacia
dónde vas?
-Yo...
-¿No
vas a contestar?, ¿Hablas inglés? –parecía apresurada.
-Sí
hablo inglés y... voy al Beacon Theatre –contesté aferrándome al paraguas por
lo nervioso que estaba.
Esta
chica resultaba demandante y engreída.
-Yo
también voy allá, vamos... –enganchó su brazo al mío pero no di ni un solo
paso.
-¿Sucede
algo? –preguntó algo molesta.
Y no
iba a deshacerme de ella así de fácil.
¿Cuándo
he tenido tanta suerte como para encontrarme con una chica así en mi vida?, ni
siendo idiota para protegerla de la lluvia y no obtener nada a cambio.
-¿Quieres
ir por un café antes?
-No
–contestó de inmediato.
-Si
vas al mismo showcase que yo pues... todavía queda tiempo. Y veo que estás un
poco empapada así que podrías enfermarte y no queremos eso, ¿verdad?
-Ok
–rodó los ojos- pero que sea rápido.
Ya
en una acogedora cafetería pedí dos americanos bien cargados con malvaviscos
y espuma. Los había visto en tantas películas que no me podía contener más por
probarlo.
Mientras
tanto ella veía a todos lados con los brazos cruzados.
-¿Tú
también asistes a la escuela de artes? –rompí el silencio.
-Sí,
pero no vayas a saludarme si nos vemos ahí. Porque acepté un café de tu parte
no quiere decir que seamos amigos.
-Bien...
-Su
café americano señor –el mesero colocó mi orden sobre la mesa.
-Gracias
-con una cuchara removí un poco mi café y lo probé - ¡Ptuuuajjjj!, esta
porquería está amarga –limpié mi lengua con una servilleta- le falta azúcar.
-Agradecería
que dejes de avergonzarme. Este café es así y si no te gusta pues pide
chocolate.
-Lo
siento... ¿Cuál es tu nombre?
-¿No
nos vamos ya?
-Como
quieras... –esta chica era todo un caso. A pesar de ser físicamente perfecta ya
estaba envenenado con su personalidad.
Ahora
el plan era deshacerme de ella.
Empecé
a caminar algo rápido para llegar lo más pronto posible al teatro. No soy
juguete de nadie y mucho menos lacayo de una chica caprichosa.
-¿Podrías
ir más despacio?, estoy en tacones.
-Pero
yo no...
-Si
te los pusieras supieras que no es nada fácil caminar con ellos.
-¿Sabes
qué?, ten mi paraguas. Te lo regalo. Espero que llegues a tiempo –le entregué
el paraguas y metí mis manos en los bolsillos decidido a caminar solo.
Di
media vuelta y emprendí mi rumbo al teatro en medio de la lluvia que
afortunadamente había cesado un poco.
Posiblemente
fue descortés de mi parte abandonarla ahí, pero realmente no aguanto a ese tipo
de chicas egocentristas que se alimentan de la bondad de todo el mundo.
Paré
en la esquina porque el semáforo se había puesto en rojo. Las gotas de lluvia
pararon de caer en mi cabeza.
-Te
pareces mucho a alguien –esa voz había llegado a mi lado nuevamente y enganchó
su brazo al mío al cruzar la calle.
-¿No
me vas a decir tu nombre?
En
respuesta obtuve silencio.
Caminábamos
sin decir una sola palabra y hasta empecé a disfrutar de su compañía. La gente
nos miraba como si fuésemos la pareja perfecta. Cada vez que la miraba de reojo
notaba la serenidad y seguridad en su rostro. El viento lograba que su cabello
se mueva con gracia y que su perfume llegue a mí de manera envolvente. Sentí su presencia a mi lado caminando al compás de mis pasos. Al cruzar la calle me parecía como si mi cuerpo estuviese moviéndose por inercia mientras mi sentido vagabundeaba por otro lado.
-Llegamos
–levanté mi mirada y me encontré con el letrero del teatro. Cuando volví a
mirarla esta vez jugaba con sus dedos y movía su pie haciendo sonar el tacón
contra el piso.
-¿Nerviosa?
-Tengo
mis motivos para estarlo, no se lo digas a nadie –miraba a nuestro alrededor.
Era
bonita.
Muy bonita.
Al verla así reaccioné de la única manera que se ocurrió. No pensé mucho hasta efectuar mi acción.
Muy bonita.
Al verla así reaccioné de la única manera que se ocurrió. No pensé mucho hasta efectuar mi acción.
En
un movimiento aparentemente mecanizado sólo estiré mis brazos para abrazarla.
-¿Qué
haces? –me preguntaba ella inmóvil bajo mi agarre.
-¿Podrías
sólo quedarte así por un momento?, nadie nos está viendo –aspiré el olor de su
cabello. Era como miel y flores. –de todas formas lo más probable es que no
vuelva a cruzarme en tu camino. Sólo... sólo te reconforto un poco.
La
solté y tras una leve sonrisa de despedida entré al teatro. Ella fue hacia otra
dirección lo que me hizo pensar en que posiblemente salía a escena ese día. Cuando
entré al teatro estaba algo vacío y el panorama era impresionante.
Al
llenarse las taquillas noté la relevancia que tendría este showcase.
Las
luces se volvieron tenues, clara señal de que la cuestión iba a empezar.
Se
abrió el telón y ahí estaba la chica que parecía una reina. Y acorde a mi
presentimiento era la misma chica a la que abracé hace momentos atrás.
Era ella
y una sonrisa se dibujó en mi rostro.
Mis ojos brillaban con total interés.
Era
ella... la reina de New York.
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