La paradoja de Antonia.
Era
el momento de huir.
De
arrancar de sus propias circunstancias para internarse en un mundo fantasioso
del que era su Dios. Y esos personajes no sabían que sus vidas eran controladas por
ella.
Cada
día desde las siete de la noche, cuando doña Mariela se iba de su casa y se
llevaba a las gemelas y a Enrique, el gato de las niñas, Antonia se instalaba
frente a una mesita de noche iluminada apenas por una lámpara en donde abría
una página que había quedado señalada desde la noche anterior para que cuando
ella llegase se sentara a escribir.
Vivía
sola desde que por su cuenta se alejó de todo aquel que llevaba uno de sus dos
apellidos. Porque se cansó de ellos. O simplemente no recordaba con certeza el
impulso de su decisión.
Doña
Mariela era como una amiga, o como una madre si se consideraba la diferencia de
edad. Ella le arrendaba la vivienda y sus gemelas querían mucho a Antonia. Como
una tía o una hermana. Alababan a Antonia por su habilidad para coser vestidos
y sombreros frondosos para Enrique.
Su espalda se estaba adaptando a esas noches de desvelo. No sería raro que desarrollara una escoliosis en su vejez por pasar tanto tiempo escribiendo torcida en la silla.
Su espalda se estaba adaptando a esas noches de desvelo. No sería raro que desarrollara una escoliosis en su vejez por pasar tanto tiempo escribiendo torcida en la silla.
Poco
o nada le importaba si tocaban su puerta por alguna emergencia de barrio. Su
casa podría estar ardiendo en llamas pero ella estaba más ocupada manipulando
vidas en un papel mientras su mente divagaba por otros mundos menos en el que
le acogía.
Sonrió
con el lápiz a un lado de la comisura de sus labios.
Había
terminado un capítulo más de “Ímpetu”.
La protagonista de su historia había decidido echarse a morir literalmente, porque el hombre que amaba se había ido a protestar a las calles y no había regresado ya en tres meses. Era probable que estuviera muerto, más que muerto.
La protagonista de su historia había decidido echarse a morir literalmente, porque el hombre que amaba se había ido a protestar a las calles y no había regresado ya en tres meses. Era probable que estuviera muerto, más que muerto.
Para
quien lo escribía así era.
Y
era la única persona que Francisca tenía en el mundo. La única persona que
recordaba su cumpleaños, la que comía primero el postre antes del plato fuerte
en la cena, esa persona que con sólo una mirada pedía un beso de ella y con la
que caminaba por la playa entrelazando los dedos llenos de arena.
Porque
él la había salvado.
De
su familia.
De
su futuro esposo. El menesteroso llamado Jonás que tenía una sobrina pelirroja
insoportable que lloraba cuando Francisca le pegaba. La niñata decía eso. Pero
Francisca jamás le tocó ni uno de sus rizos caprichosos. Este hombre que
pretendía desposarla era patético. Le temía a las alturas, a los insectos y a
los libros escritos en prosa. Era de esos idiotas que creían que lo sabían todo
pero que en el fondo no conocían absolutamente nada. De esos que por golpes de
suerte o por astucias deshonestas había conseguido ser alguien en la vida.
Un
día la dejó desguarnecida en medio de una carretera cerca del desierto cuando
le ordenó bajar de su auto porque Francisca discutió fuertemente con él. Porque
la había invitado a una cena y le había dicho horas antes por teléfono que
tenía algo importante que decirle. “Me va a pedir matrimonio” pensó ella
ilusionada y se colocó el vestido que más le parecía que se ajustaba a su
felicidad.
Pero
Jonás no pensaba en casarse con Francisca.
Lo
que él iba a anunciarle con tanta algarabía y prisa era que su sobrina latosa
iba a vivir con ellos en un apartamento.
¿Acaso
la mocosa no tenía padres?, ¿Ahora quien tenía que cuidar de ella era
Francisca?
Porque
Jonás no la iba a cuidar. Él era un hombre muy ocupado que ordenaba papeles en
la oficina, esa oficina que tenía televisión y una mesa de futbolito. Y por las
noches era imposible que la ayudara. Porque tenía que salir con sus amigos de
jarana para apostar la mitad de su mediocre sueldo.
Por
eso Francisca se enojó y con razón protestó. Pero Jonás pensó que ella estaba
loca y era una mala mujer malcriada que no estaba a la altura de esas mujeres
de sociedad que jamás refutaban por tener maridos que las confundían con
esclavas y que los perdonaban una, dos o tres infidelidades.
Cuando
iba por la carretera esperando que algún buen samaritano la ayudase,
milagrosamente un hombre frenó su Volkswagen y bajando el vidrio le preguntó si
deseaba que la acercara a la ciudad. No se imaginaba que sería él quien la
agasajaría inteligentemente y la llevaría a tierras lejanas para empezar juntos
una vida nueva apoyando a Allende y enmarcando al Ché en la sala de estar.
Ella
era talentosa, en muchas cosas. Pero para sus padres era un estorbo, porque era
la única mujer entre cuatro hermanos que no haría trascender el apellido de la
familia con la poca gracia que distinguían en ella. Gracia que el vehemente
hombre encontraba a montones en esta mujer.
Por
eso Antonia se sintió culpable. Por ser el Dios que estaba haciendo que la vida
de Francisca se tornara miserable.
Y se
le ocurrió algo insólito.
Le
pediría disculpas a Francisca.
Y no
sabía cómo empezar.
Sin
embargo, algo dudosa empezó a escribir.
Francisca, lamento hacerte pasar todo esto.
He hecho que vivas cosas que a mí no me deleitaría vivirlas. No me preguntes
quién soy porque no vas a entender. Yo tampoco deduzco bien el rumbo de mis
actos ahora mismo. Porque no existes. Eres una idea que estaba en mi mente.
Perdona.
Y se
quedó mirando sus letras por un momento.
¿Cuál
era el sentido de hacer eso?
Si
Antonia fuese infeliz porque alguien lo estaba maquinando no le agradaría en lo
absoluto. Tal vez por eso no podía permitirse ser injusta con Francisca.
Pero
esperen.
Antonia
era desdichada. Llevaba una vida solitaria y sin emociones fuertes.
¿Alguien
escribía la historia de Antonia y ella no lo sabía?
Tal
vez alguien sí lo hacía. Por eso tenía que acudir a misa los domingos para que
su escritor tuviera piedad de ella.
¿O
es que posiblemente el hecho de ir a la iglesia también era producto de un acto
inventado por su autor?
Se
sintió confundida. Se aturdió completamente y empezó a hablar sola. Paranoica,
nerviosa y desesperada. Y empezó a pedirle al escritor de la historia de su
vida que se compadeciera de ella. Y de paso de Francisca también.
Esa
Francisca que era el reflejo de algunos momentos de su vida.
Si
es que acaso no eran los mismos.
¿Ella
era Francisca?
¿Por
qué se construyó a sí misma una historia tan desdichada?