Osado e Insolente
Se atrevieron a
invitarla a por un café,
en uno de esos sitios
que huelen a madera y canela
a pasar el rato
mientras atardecía,
mientras las nubes se
tornaban naranjas en el ocaso.
Le habían dicho que
era bella,
sosteniendo una de
sus huesudas manos congeladas.
Pero ella no lo creía,
lo tomó como una
ofensa, como una afrenta, un insulto.
Le habían dicho una
mentira en la cara,
Un higo de un olmo.
¿Bonita?, ¿Ella?
Si llevaba siempre el
cabello alborotado.
No le quedaban esos
vestidos ceñidos al torso.
Nadie envidiaba su
forma de hablar.
Tal vez su manera de
pensar...
Pero eso no adecuaba.
Pretendió no haber atendido
nada de lo que el tipo dijo.
¿Realmente era más
especial que las demás?
¡Bah!, Totalmente una
broma de mal gusto.
Una mosca nadando en
la leche.
Asqueroso.
Irritante.
Los hombres siempre redundan
sus arengas
y esa era la
veinteava vez que escuchaba similares palabras.
Linda, única,
preciosa y no quería recordar más porque se le revolvía el estómago.
Empezaba a enfadarse.
Porque si dependiese
de ella, iría por el mundo con atuendos antiguos.
A lugares tranquilos.
A leer un buen libro.
¿Acaso no sabían cómo
dejarla en paz?
¡Jódase buen hombre!,
le dijo
Agarró su bolso
tejido.
Se puso su abrigo.
Y lo dejó con su café
hervido.
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